Ulises y Mêtis: la inteligencia más allá del algoritmo

¿Qué hacer cuando comprendes que no puedes ganar?
Cuando comprendemos que no podemos ganar una partida, nuestra reacción más habitual consiste en intentar jugar mejor: estudiamos las reglas con mayor atención, aumentamos el esfuerzo, perfeccionamos la técnica y repetimos con todavía más determinación aquellos movimientos que, al menos en teoría, deberían conducirnos al resultado que buscamos.
Ulises hace algo distinto.
No intenta necesariamente hacerse más fuerte que su adversario, porque sabe que, en muchas situaciones, no tendría ni el tiempo ni los medios para lograrlo; intenta, en cambio, comprender qué juego le han impuesto, quién ha establecido sus reglas y si existe alguna manera de transformar la partida antes incluso de intentar ganarla.
No es el más poderoso de los héroes griegos, no es invulnerable y, con frecuencia, no dispone de los recursos necesarios para enfrentarse a lo que encuentra. Aquiles vence porque, en el terreno del combate, es sencillamente superior a los demás; Ulises sobrevive porque comprende que no siempre conviene aceptar el terreno elegido por el adversario y que, cuando un juego no puede ganarse, aún queda la posibilidad de cambiarlo.
Aquí entra en escena la mêtis, esa inteligencia práctica, móvil y oblicua, capaz de inventar una salida mientras el problema todavía está tomando forma. No es lo contrario de la razón ni una simple astucia elevada a la categoría de filosofía: es la forma de inteligencia que necesitamos cuando las reglas siguen existiendo, pero ya no son suficientes.
Antes de jugar, comprende el juego
Todo juego posee un terreno, unos jugadores, un objetivo, un conjunto de reglas y un criterio que permite establecer quién ha ganado. Esto vale para el ajedrez y para el fútbol, pero también para una negociación, una carrera, un conflicto o una crisis; con la diferencia de que, en la vida real, las reglas declaradas no siempre coinciden con las que funcionan de verdad, el objetivo real puede ser muy distinto del oficial y alguien puede haber diseñado el terreno de juego de manera que parta ya con ventaja.
La mayoría de las personas intenta entonces jugar mejor, estudiando las reglas y repitiendo los movimientos que funcionaron en el pasado. Ulises va un paso más allá: antes de buscar la mejor jugada, se pregunta si ese es realmente el juego que le conviene jugar.
La mêtis comienza cuando dejamos de preguntarnos cómo ganar según las reglas dadas y empezamos a preguntarnos quién las estableció, quién se beneficia de ellas, cuál es la verdadera recompensa de la partida y qué ocurriría si desplazáramos el propio terreno de juego.
Polifemo y el arte de cambiar la partida
En la cueva de Polifemo, Ulises no puede ganar el juego impuesto por el Cíclope. Polifemo es más fuerte, controla la salida y, paradójicamente, incluso matarlo mientras duerme condenaría a los supervivientes, porque nadie más sería capaz de mover la enorme roca que cierra la entrada.
Ulises inventa entonces otro juego. Ya no intenta eliminar al enemigo, sino conservar provisionalmente su fuerza; no trata de abrir la puerta, sino que dispone las cosas para que sea el propio Polifemo quien la abra; no oculta a sus compañeros lejos del rebaño, sino que los convierte en una parte invisible de aquello que el Cíclope considera normal. Incluso el nombre se transforma en un instrumento: al afirmar que se llama «Nadie», modifica el propio lenguaje mediante el cual Polifemo podría pedir ayuda.
Esta es la mêtis en su forma más pura: no resolver con mayor eficacia el problema que se nos ha presentado, sino cambiar su estructura hasta que los recursos del adversario comiencen a trabajar a nuestro favor.
Y, sin embargo, en cuanto se siente a salvo, Ulises revela su verdadero nombre para reclamar la gloria de su hazaña. La inteligencia lo había vuelto invisible; su ego no soporta seguir siéndolo y transforma una victoria perfecta en el origen de nuevas desgracias.
La mêtis lo salva, pero el deseo de ser reconocido casi termina por perderlo. Es una lección sorprendentemente moderna: no todas las estrategias fracasan porque hayan sido mal concebidas; algunas fracasan porque quien las inventó no resiste la tentación de exhibirlas, reivindicar su autoría y recibir de inmediato el reconocimiento de los demás.
El joven conoce las reglas; el viejo conoce las excepciones
Existe un viejo dicho según el cual el joven conoce las reglas, mientras que el viejo conoce las excepciones. Naturalmente, envejecer no basta para volverse sabio —la experiencia ofrece pruebas más que suficientes de lo contrario—, pero la frase expresa una distinción importante entre el conocimiento formal y la inteligencia situacional.
Cuando aprendemos un oficio, una disciplina o una profesión, necesitamos procedimientos, modelos e instrucciones; debemos saber qué se hace normalmente, qué errores hay que evitar y qué secuencias han producido resultados fiables. Sin este patrimonio de conocimientos, estaríamos obligados a empezar de nuevo cada vez.
Con el tiempo, sin embargo, descubrimos que la realidad no ha firmado ningún contrato que la obligue a comportarse como habíamos previsto. El cliente no reacciona como debería, el mercado ignora las previsiones, la máquina produce un ruido que no aparece en el manual, el equipo favorito pierde y un proyecto preparado durante meses se encuentra de pronto con una variable que nadie había considerado.
El principiante busca la regla que debe aplicar. El verdadero experto se pregunta primero si esa situación pertenece realmente a la categoría para la cual fue creada la regla.
Un procedimiento es una solución que ha funcionado suficientes veces como para convertirse en una instrucción: un conocimiento valioso, sin duda, pero que sigue siendo una respuesta congelada a un problema del pasado. La verdadera competencia no consiste en conocer menos reglas, sino en reconocer el momento en que aplicarlas correctamente produciría el resultado equivocado.
El algoritmo y el mundo estandarizado
Nuestra época tiende a imaginar la inteligencia a través del modelo del algoritmo: una sucesión de operaciones que, partiendo de un determinado conjunto de datos, identifica la solución más eficaz. Es un modelo extraordinariamente poderoso y sería infantil oponer la creatividad humana a una supuesta rigidez de las máquinas; sin embargo, todo algoritmo funciona dentro de una representación del problema en la que alguien ha definido el terreno, elegido las variables y establecido qué significa ganar.
Si el problema ha sido mal definido, si falta la información decisiva o si estamos optimizando lo que no deberíamos, podemos obtener una respuesta impecable a una pregunta inútil. El algoritmo busca la mejor jugada dentro del juego; la mêtis se pregunta si sería posible inventar otro.
Lo mismo ocurre con los procedimientos, los protocolos y los indicadores de rendimiento: son indispensables, pero se vuelven peligrosos cuando dejan de ser instrumentos y nos convencen de que todo puede preverse, medirse y transformarse en una instrucción.
En una situación normal, respetar el protocolo reduce el riesgo. Durante una crisis, sin embargo, las condiciones para las que fue diseñado pueden haber dejado de existir, y la persona que sigue aplicándolo correctamente puede contribuir, con una disciplina admirable, al desastre. En esos momentos se vuelve valiosa la capacidad de distinguir la finalidad de la regla de su formulación literal y, cuando resulta necesario, de desobedecer el procedimiento para preservar su función.
Las organizaciones llaman insubordinadas a estas personas cuando fracasan y líderes cuando tienen éxito.
Zeus se traga a Metis
Para los griegos, Metis no era únicamente una cualidad de la inteligencia, sino también una diosa. Según el mito, fue la primera compañera de Zeus y poseía una sabiduría tan poderosa que una profecía anunciaba que, después de Atenea, daría a luz a un hijo destinado a superar a su padre. Zeus decidió entonces tragársela, incorporando literalmente su inteligencia; Atenea nacería más tarde de su cabeza, ya armada, como diosa de la estrategia, de la técnica y de una guerra gobernada por la mente, tan distinta de la violencia impulsiva de Ares.
El mito parece sugerir que la fuerza, para convertirse en verdadero poder, debe absorber la inteligencia capaz de anticipar, adaptarse y comprender los movimientos ajenos. Zeus no destruye a Metis: la interioriza.
Algo parecido sucede en las organizaciones modernas, que intentan constantemente absorber la experiencia práctica de sus miembros y transformarla en procedimientos, manuales, bases de datos y sistemas automatizados. Es un proceso necesario, porque un saber que permanece únicamente en la mente de una persona corre el riesgo de desaparecer con ella; pero también contiene un malentendido, porque podemos registrar la solución que alguien inventó ayer sin conseguir registrar la inteligencia que le permitió inventarla.
El procedimiento conserva el resultado de la mêtis, pero no necesariamente su capacidad generadora. Podemos anotar la estratagema, pero no siempre podemos introducir en un manual la mirada que supo reconocer el momento exacto en que era necesario inventar una nueva.
La mêtis no es una virtud
La mêtis es un poder, no una virtud moral: puede salvarnos de un adversario más fuerte, pero también puede utilizarse para manipular a quienes confían en nosotros. La capacidad de comprender las intenciones ajenas pertenece al estratega, pero también al estafador; el disimulo puede protegernos, pero puede convertirse en un engaño sistemático; la capacidad de adaptación puede ser inteligencia o simple oportunismo.
Por tanto, no basta con preguntarse si una estratagema funciona; también debemos preguntarnos qué finalidad persigue, contra quién se utiliza y sobre quién recaerá el coste de nuestra victoria. Engañar a una fuerza que intenta destruirnos no es moralmente equivalente a engañar a alguien que ha depositado su confianza en nosotros.
Sin un ethos, la mêtis puede degenerar fácilmente en manipulación. Sin mêtis, sin embargo, el ethos corre el riesgo de quedarse en una noble declaración de impotencia, impecable desde el punto de vista moral y completamente inútil frente a quien no respeta las mismas reglas.
Esta es también una de las incómodas lecciones de Ulises: la bondad de nuestros fines no nos exime de la inteligencia necesaria para elegir los medios.
Entrenar la mente de Ulises
La mêtis no se desarrolla aprendiendo más respuestas, sino ejercitando la capacidad de cambiar las preguntas. Ante un problema, podemos preguntarnos qué haríamos sin nuestro principal recurso, sin dinero, sin autoridad o sin la herramienta que utilizamos habitualmente; podemos observar la situación desde el punto de vista del adversario; podemos preguntarnos qué regla estamos aceptando sin haberla elegido jamás y qué obstáculo podría transformarse en un recurso.
También podemos reformular deliberadamente el problema: no «¿Cómo puedo derrotar a Polifemo?», sino «¿Cómo puedo conseguir que él mismo me abra la salida?»; no «¿Cómo puedo convencer a esta persona?», sino «¿Qué condiciones harían innecesario convencerla?»; no «¿Cómo puedo mejorar este proceso ineficiente?», sino «¿Por qué tiene que existir este proceso?».
Sobre todo, debemos distinguir el resultado declarado de la verdadera recompensa del juego. Ganar una discusión, conseguir un ascenso, mejorar un indicador o demostrar que teníamos razón puede parecer decisivo, mientras que, en realidad, puede alejarnos del propósito por el que habíamos comenzado. Quien no comprende cuál es su verdadero payoff puede jugar magistralmente una partida que no tenía ningún motivo para jugar.
Ulises nos recuerda que la inteligencia no consiste únicamente en conocer las reglas, sino también en ver el terreno, comprender a los jugadores, reconocer el objetivo y decidir, antes de hacer el primer movimiento, si esa partida merece realmente ser jugada.
Porque, a veces, la jugada más inteligente no consiste en ganar el juego, sino en inventar otro.
by Brunus

