Cómo obtener la ayuda de los dioses: la lección de Ulises y Atenea

En el mundo de Homero, los dioses están constantemente presentes. No necesariamente a través de rayos, milagros o apariciones espectaculares: mucho más a menudo intervienen mediante una sugerencia, una intuición, un encuentro, un cambio de perspectiva.
En la Odisea, Atenea pone en movimiento a Telémaco cuando el joven parece incapaz de reaccionar ante la situación creada por los pretendientes: se le aparece bajo forma humana, habla con él, le sugiere que busque noticias de su padre y, finalmente, lo impulsa a actuar. Poco después, interviene también en el sueño de Nausícaa, induciéndola a ir al río, precisamente al lugar donde encontrará a Ulises. Cuando Ulises regresa a Ítaca, Atenea le da el aspecto de un viejo mendigo, lo aconseja, lo ayuda a preparar su venganza y, sobre todo, lo invita repetidamente a la prudencia: no basta con haber regresado a casa; debe observar, comprender en quién puede confiar y esperar el momento adecuado. Durante el enfrentamiento con los pretendientes, vuelve a estar presente; y, al final, es también Atenea quien detiene la última espiral de venganza entre Ulises y las familias de los hombres que ha matado.
Es un mundo en el que la inteligencia humana y la inteligencia divina parecen colaborar constantemente.
A nosotros, aparentemente, eso ya no nos sucede. O quizá sigue sucediendo, pero hemos cambiado el vocabulario con el que describimos el fenómeno: cuando comprendemos de repente cómo resolver un problema, decimos que «se nos ha ocurrido una idea». Hablamos de intuición, procesamiento inconsciente, atención selectiva, sistema reticular activador, serendipia. Hace unos siglos quizá habríamos hablado de un ángel de la guarda o de un diablo tentador. Ulises probablemente habría dicho: Atenea.
Podemos discutir indefinidamente sobre cuál de estas descripciones es la correcta. Por el momento, sin embargo, podemos limitarnos a observar el fenómeno: muchas de las cosas más importantes que hacemos dependen de pensamientos que, en algún momento, sencillamente aparecen.
Y muy a menudo lo que necesitamos no es un milagro: es una idea.
Los dioses ayudan a quien se ayuda a sí mismo
Hay una característica de la ayuda divina en la Odisea que vale la pena subrayar: Atenea no hace el trabajo en lugar de Ulises.
No mata a los pretendientes por él. No gobierna su nave en su lugar. No le ahorra veinte años de dificultades. No le entrega a Penélope con certificado de garantía. Le ofrece indicaciones, oportunidades, protección, claridad. Después, Ulises tiene que comprender, decidir y actuar.
Es el viejo principio según el cual Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo. Eso no significa simplemente «arréglatelas solo». Significa algo mucho más interesante: existen formas de ayuda que solo se vuelven disponibles después de que nosotros hemos hecho la parte que nos corresponde.
Una idea es inútil si no somos capaces de reconocerla. Una oportunidad no vale nada si no estamos preparados para aprovecharla. Un encuentro puede cambiarnos la vida, pero solo si tenemos algo que decirle a la persona que hemos encontrado.
Desde este punto de vista, podemos imaginar el universo como un sistema impersonal. La gravedad no nos ama ni nos odia: simplemente funciona. Si ignoramos sus reglas, podemos rompernos una pierna; si aprendemos a utilizarlas, podemos construir un avión.
Quizá algo parecido sea válido también para otras fuerzas que comprendemos mucho menos.
Puede que los dioses te estén ayudando todo el tiempo
Podemos, por tanto, darle la vuelta por completo a la perspectiva: ¿Y si los dioses nos ayudaran mucho más a menudo de lo que imaginamos, pero nosotros simplemente no nos diéramos cuenta?
La idea que aparece bajo la ducha. Una frase escuchada por casualidad que de repente nos permite ver un problema desde otro ángulo. La persona que encontramos justo cuando necesitamos una determinada información. El presentimiento que nos lleva a no firmar inmediatamente un contrato. Una solución que surge después de días en los que parecía que no estaba ocurriendo nada.
¿De dónde vienen todas estas cosas? Podemos decir que vienen de dentro. Podemos decir que vienen de fuera. Podemos invocar al inconsciente, a la estadística, a Atenea o al Ratoncito Pérez. Desde un punto de vista práctico, la diferencia es sorprendentemente pequeña.
Algo nos ha proporcionado una información que antes no teníamos.
La verdadera pregunta pasa a ser entonces: ¿podemos aumentar las probabilidades de que eso ocurra?
Cómo pedir ayuda a los dioses
Los antiguos tenían al menos una ventaja sobre nosotros: sabían a quién pedirle ayuda.
No existía un «Universo» genérico y difuso. Si necesitabas estrategia, estaba Atenea. Para el comercio, la comunicación y las negociaciones, estaba Hermes —Mercurio para los romanos—. Apolo aportaba claridad, orden e inspiración. Ares era útil cuando llegaba el momento de dejar de hablar y afrontar el conflicto.
Solo esto ya tiene una utilidad práctica. Antes de una negociación, preguntarte «Mercurio, ¿qué es lo que no estoy viendo?» orienta tu atención de una manera muy distinta al simple «Espero que salga bien». En términos modernos, es un prompt.
Así que podríamos recuperar cinco pasos sencillos.
Ask. Formula una pregunta precisa. No «quiero tener éxito», sino «¿qué se me está escapando?», «¿qué posibilidad no he considerado?», «¿cómo puedo abordar a esta persona?».
Be open. No decidas de antemano qué respuesta debes recibir. De lo contrario, no le estás pidiendo a Atenea una respuesta: le estás pidiendo que te dé la razón.
Offer. Pon también algo de tu parte: estudio, atención, trabajo, disciplina, tiempo. No para comprar el favor de los dioses, sino porque la ayuda solo es útil para quien está en condiciones de utilizarla.
Act. Haz tu parte. La acción genera información. Muchas soluciones no pueden aparecer hasta que no entras realmente en contacto con el problema.
Give thanks. Cuando llegue algo útil, reconócelo. No es necesario decidir si debes dar las gracias a Atenea, a tu inconsciente, a una coincidencia afortunada o al amigo que te llamó exactamente en el momento adecuado. Basta con recordar que no controlamos todo lo que contribuye a nuestros resultados.
Quizá los antiguos tenían razón y los dioses siguen caminando a nuestro lado. O quizá simplemente habían encontrado un lenguaje extraordinariamente eficaz para describir fuerzas de la mente y del mundo que todavía comprendemos solo en parte.
No necesitamos elegir entre estas posibilidades para poder aprovechar su lección; la próxima vez que tengamos un problema, podemos hacer lo que hacía Ulises: pensar, prepararnos, actuar y, mientras tanto, preguntarle a Atenea si por casualidad ve algo que a nosotros se nos ha escapado.
by Brunus

